Esquizofrenia quiere decir corazón partido, y yo lo tengo, pero no soy esquizofrénico. Comparto el querer entre la entrega absoluta a un otro, y la narcisista elaboración de mi persona. O totalmente exteriorizado, en anulación de mí, o totalmente introyectado, donde lo interior es todo. Son mánicos latidos de mi corazón partido. Mi corazón solo vuelve a su razón cuando la ansiedad que alimenta ambos mundos desaparece al revelárseme que esas diferencias son una sinrazón.
El viernes, sábado y domingo pasados nadé en la alegría del querer. Quise a otros como me quise a mí mismo, como alegre murmullo de arroyos en el bosque. Y todo sólo porque conseguí decir, mudo, en silencio, en medio del frenético barullo de un cruce de calles madrileño: "te quiero". No me atrevía a decirlo. Me atrapaba por dentro y no me atrevía. Una vez conseguí decirlo rompí a llorar, y más tarde me pregunté quién era a quien yo quería. Pero al mismo tiemo sabía ya la respuesta. A ti, a mi. Esto. Yo, tu - ¿qué importa? No tiene centro, no tiene lugar: te quiero.
Esta noche me siento cansado y me deslizo en hábitos depresivos. Me dejo perder la atención (lo cual, lo sé, en el fondo es ostentoso) y vuelven pensamientos que hablan como una nube de moscas. Esa nube es mi historia personal en constante elaboración, bullición de espasmos electrónicos psicosomáticos. Me he pasado la vida como una especie de druida, a pesar mío. Buscando e interpretando señales, navegando mis sueños, que a veces nacen despiertos para andar en mi realidad, y que otras veces elaboran la realidad para dejarme andar por lugares ya desiertos, pero que se resuelven fértiles en ese momento entre la noche y el día, ese fino horizonte donde nace y muere la libertad definitiva del alma. Hay gente que les parece que esa no es forma de vivir. A mi me parece una forma de vivir como otra cualquiera. El caso es que siempre pensé que era bueno elaborarse el mito de la propia persona. Si no, ¿cómo iba a poder contestar cuando me preguntan cómo estoy? O de dónde vengo, quién soy. Yo no tengo ni idea. Además me importa un pimiento. Pero es como una compulsión defensiva que tengo que estar tejiendo el tiempo todo, aterrado de la posibilidad de presentarme desnudo, sin historia, inocente, primitivo. En la elaboración de mi mito incluyo todos los elementos de mis sueños, los indicios, las señales, la lógica de los acontecimientos, o la ausencia de lógica en ellos; en la ansiedad de estar o no estar diciendo la verdad me inspecciono con detalle, creándome lugares oscuros donde reina la desazón. En la fabricación de mi mito, sucede la fabricación de mi persona, totalmente neurótica y absurda, alejada de la realidad.
Mi amigo Luar do Meio Dia me hizo ver que no hay razón alguna que me impida descontinuar lo que yo mismo reconozco que no es más que una compulsión que orbita un miedo informe. Que el miedo es tan simplemente el miedo a lo que ocurriría si soltase, si dejase la compulsión, si dejase de buscar señales, interpretar mis historias nacientes y ocultas, pasadas y futuras, las palabras que dirijo o recibo. Pero soltar esa compulsión es extremadamente fácil, y si lo hago, veo que no pasa nada. Que no hay más que realidad, y esa realidad no necesita de mi interpretación, mucho menos si ya reconozco que el miedo no tiene fundamento, puesto que solté el puño de mi agarrotada mano y lo único que experimenté fue la libertad. La libertad de ser yo y dejarte ser tu en una misma realidad sin centro ni distinciones.
Fue muy bueno que me señalara esto mi amigo Luar do Meio Dia. Porque ahora me encuentro liberado de una absurda carga, y puedo dedicar esa energía a cosas mejores. No necesito hacer ningún esfuerzo extra para ser yo. Sin embargo, me deprime sentir que en estos momentos no encuentro la alegría de decir "te quiero" y sé que es porque aún sigo abandonado, y abandonándome, a mi descuidada suerte. Me hace falta estar con personas, pero me he arrinconado tanto en la vida que me cuesta absolverme de mi propia maldición. Sé que fue muy importante para mi decir ese especial "te quiero" porque fue un momento en el que me sentí auténticamente querido, a la vez que yo quería. Debe de ser que tengo ceguera hacia mí mismo: me cuesta quererme porque simplemente no estoy en mi, estoy tan ocupado en defenderme del exterior, sea complaciéndolo o agrediéndolo pasivamente, que me hace falta que me digan mil veces que yo también existo, para darme cuenta que es verdad, y poder decir "te quiero" y sentirme querido de una vez.
Mi depresión, mi aislamiento: todo indica que la vida es decir te quiero. Negarlo es morir en vida, no tiene sentido. Cuando el carcelero y el encarcelado se encuentran como un abirr y cerrar de interrogantes, la respuesta brilla por su ausencia.
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