jueves, 14 de julio de 2011

Calabozo y Laberinto


A veces pensaba que el comienzo de todo debía haber sido el calabozo,
Otras pensaba que no, que antes debió estar fuera del laberinto.
Los primeros pasos fuera del calabozo los dio en la infancia.
Fue cuando aprendió a moverse por el laberinto,
Por la oscuridad; fue cuando aprendió a buscar esos trechos
Donde las bóvedas se rompían para dejar entrar la luz del cielo.
En realidad fueron esos primeros intentos los que marcaron su persona.
Luego fue todo una simple expansión,
Un desarrollo de esa capacidad de deslizarse por los polvorientos pasillos,
Tocar las esquinas, recordar los caminos recorridos,
Buscar nuevas vueltas al infinito e inacabable laberinto
Y soñar, soñar, soñar con esos restos de cielo que a veces se asomaban
Por las grietas, o esos increíbles recorridos abiertos, y soñar
Con encontrar la salida, la llave, la puerta abierta, el mundo.
Pero a final de cuentas era un sueño que pertenecía al laberinto,
Un sueño que siempre llevaba de vuelta al punto de partida,
Al calabozo, al origen, cerrado en sí, oscuro, triste,
Pero de algún modo reconfortante pues era ... todo y nada,
Era el principio, era él.
Había una especie de puerta, una puerta extraña,
Se la había encontrado muchas veces,
Pero por alguna extraña razón siempre olvidaba dónde quedaba.
Aparecía siempre en momentos de ligereza,
Esos momentos donde su maestría alcanzaban la perfección del aire,
El viento,
Cuando su hiperbólica capacidad de reconocer, intuir, sentir, rememorar,
Para poder desandar, volver, reencontrar,
Se hacía tan instintiva que desaparecía todo vestigio de mente,
Cuando su búsqueda se hacía liviana, transparente.
Aún así, nunca había llegado a traspasarla.
Tampoco veía en ella lo que buscaba, la realidad del sueño.
Y a la vez... ahí estaba, apareciendo y desapareciendo
Como ningún otro pasillo, bóveda, pasadizo, rincón o pasaje hacía.
Tal vez era esa inconstancia la que le inmovilizaba a la hora de explorarlo.
Y pasaron años. Y más años. Y llegó un momento en que el laberinto era hastío,
Era pesado, era demasiado infinito, demasiado igual,
Pese a su increíble capacidad de recorrer y volver a recorrer.
Un día se encontró de nuevo con la puerta,
La abrió, fácilmente, y la luz le inundó por sorpresa.
Cayó de rodillas, mareado, asustado.
Buscó por todas partes alguna pared, algún rincón,
Alguna señal, una pista, alguna cosa que le ayudase a reorientarse,
A buscar, seguir, volver, algo que pudiese relacionar con su persona.
Pero no había nada. Nada.
Se giró desesperado pero la puerta había desaparecido.
El laberinto había desaparecido, y con él, el calabozo, el principio.
Había encontrado el mundo.
Caminó y caminó, buscando, donde no había nada, asustado,
Aterrado de este infinito sin esquinas, sin vueltas, sin principio.
Un lugar que disolvía su persona, su instinto adquirido, su pericia.
A ratos, esta inesperada libertad le traía alegría, pero demasiada - perdía el equilibrio.
Entonces caía y le consumía el terror ante este mundo tan desnudo y abierto.
Demasiado miedo, produciéndole una tristeza que de nuevo le hacía perder
El equilibrio.
Hasta que se dio cuenta que no había vuelta porque nunca hubo
Laberinto, ni calabozo, ni seguridad, ni soledad, ni sueños.
Solo un infinito cielo abierto.
Dejó de esperar.
En ese momento supo
Que había vuelto.

2 comentarios:

  1. Sifi, es precioso, y creo que es la descripción más acertada de mi castillo (el de mi mente) que he leido jamás.
    Y me encanta que el monstruo no esté. :)

    Besos desde el Averno.

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  2. Besos de vuelta, mareados de esta extraña agorafobia que algún día será libertad :))

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