Capítulo I
Cuando ella me dijo eso, cuando me miró a los ojos y vio, hizo contacto con aquello que nadie jamás antes había visto, jamás había contactado, tuve que reconocer que tenía razón. No era mi padre el monstruo. Y entonces lo vi, como en el fondo de un pozo a espaldas del alma, que acaba en lejanas y negras aguas; más bien como al fondo de un cañón de revólver, como en esas introducciones a las películas de James Bond. Vi quién era. Y de repente le vi escurrirse, moverse, como si se quisiera esconder, de una forma a la vez cobarde y mezquina, retorcida, maldita, como si ese gusano en el fondo de mi alma rechazáse hábilmente todo método de detección, y sentí una ira que me recorrió la espina dorsal como una descarga eléctrica que estallaba en mi cabeza con violencia. Alguna vez he leído este tipo de expresión, que algo te recorra como fuego o electricidad, y a veces lo he interpretado como artilugio literario. Pero no, fue realmente una potente corriente eléctrica. Mi cabeza zumbaba, resonaba interiormente como una enorme campana. Violencia. Tuve que mantenerme muy quieto, no quería que se (me) exteriorizase por nada del mundo. Vi a mi tío. Y supe quién era, el Bajo Mandatario de la oscuridad, del terror, del borde de la muerte y la locura, de la confusión, la desconfianza, la vergüenza suicida. (Hay gente que te mata, y hay gente que te suicida. Es una forma muy limpia de exterminarte: dejan que el trabajo lo hagas tu mismo.) Unos minutos después, una oleada azulada, una sensación horrible que por cualquier medio quería apartar pero que insinuaba, susurraba insolente como las sirenas: ¿Fuistes su puta? ¿Fuistes su puta...?. A la semana de esto, hice mi primer escrito y abrí un blog. Al escribir, me volvieron memorias que siempre había tenido - pero en privado, hojas muertas que a nadie sirven. Al revisitarlas bajo mi nueva consciencia de renacido, comencé a entender muchísimas cosas. Lo que escribí narraba momentos de mi infancia en Nueva York, comenzando con el momento de recién llegado, desde España, pasando por las felices navidades en esa mágica y nevada ciudad, y concluyendo sucíntamente con la experiencia que recién había vivido con mi fugaz novia, esa noche de navidad de 2010, cuando se me abrieron los ojos por primera vez, tras tanta lucha, tanto esfuerzo, tantas ganas de saber, con 48 años. Esto fue lo que escribí:
31 de diciembre, 2010
Mundo nuevo, orilla inversa.
El blanco cielo de las gaviotas
Reclama lejanía, alegría,
Vacío abierto de esperanza,
Ausente de memoria, abre
Los brazos de mi espíritu
Para volar bajo el quieto sol.
Una cálida mano, una suave palabra,
Son silencios mayores en la quietud,
La alegría de ser peces
Que nadan en el mismo río.
La noche increpa como una maldición
Sobre los claros del cielo,
La oscuridad deja una puerta
Sórdidamente abierta en el trasfondo de mi cuerpo.
El terror me reclama y no sé contestarle.
Soy mudo y nadie lo sabe.
Sólo sé decir que estoy aterrado,
Y nadie lo comprende.
Yo tampoco.
La noche es de un color rojo oscuro,
Deprimente, eterno, inacabable.
Una red de esparto sostiene una bola de cristal
Rojo que incendia el cuarto.
No se trata de dormir.
Disolverme en la roja nada,
Escapar, hacerme invisible
En lo más visible,
Como la tenue luz amarilla de su centro,
Lo único que aún vive.
Me transparento.
Desparezco.
La noche tiene sonidos,
Rumores, chasquidos y motores,
La noche tiene calles y avenidas medio desiertas,
Ríos de luces y de colores,
VIbra con la constante aventura
Que me reclama,
Mientras yo, tumbado,
Creo que debo prepararme.
Afilada violencia que sesga mi alma,
Atravesada como un agua tranquila
Deja un murmullo de burbujas
Procurando su natural rescate.
Y así llega un nuevo día.
¿Hace falta pensar mucho, para llegar a la palabra "sobrevivir"?
Sobrevivir como juego,
Sobrevivir como apasionante reto,
Sobrevivir como incendio de un espíritu honesto,
Sobrevivir como un río de adrenalina,
Y a veces sobrevivir la aventura,
Para simplemente vivir.
Mi alma se condensó, como el malo Valdemort,
En el rojo brillo de las bolas de navidad
Sobre el verde aroma de un abeto.
Celebré mi propia religión de amor y renacimiento
Cantando y amando para deshacerme de la vergüenza
Como un virtuoso mudo ventrílocuo.
Muchos, muchísimos años después,
Me regaló ese rojo brillo navideño
Primero la negra noche de terror,
Y después la luz.
Y no fueron mis ojos, sino los suyos,
Los de ella, a quien amo,
Quien me vieron,
Y al verme
Me vi.
Si quieres conocer a Dios, no lo busques en el cielo.
Búscalo en las personas.
Felices fiestas.
Luego dudé. Dudé muchísimo. Me critiqué, me avergoncé de siquiera dar algo de credibilidad a lo que acababa de ver, que traduje a: lo que acababa de pensar. Pensar/ver. Imaginar/experimentar. A veces los mezclamos - por miedo, por cobardía, por arrogancia, por aburrimiento. Cuando ella me hacía preguntas, amenudo me calaba porque no sabía si lo que recordaba había sido realidad o sueño. Cuanto más se acercaba a mi pozo, más me enajenaba, llegando a no saber ya siquiera si lo acontecido el día anterior fue soñado. Hasta que dio en el blanco. Y se desató el huracán, mi vida entera.
Ella desapareció, tal como había aparecido. Pasaron por lo menos dos meses hasta que comencé a aceptar que no me había inventado nada. Solo una cosa me salvaba: que el recuerdo lo había tenido toda la vida. Inerte, sin significado, pero claro, clarísimo, en todos los detalles, visuales, físicos, emocionales, ay, emocionales - la violencia, el shock. Entonces entré en la fase de la vergüenza. Darle tanta importancia... Vamos, que eso no podía explicarlo TODO. Desde luego no podía exonerarme de mi gran defecto, mi pecado, que era... y otra vez. ¿Cuál era? Pero tampoco podía dejar de reconocer que seguía censurándome, que estaba parado donde debía ponerme en pie y caminar. Quise inscribirme para un retiro de meditación Vipassana intenso pero mi psiquiatra - que comencé a visitar en esos días - me convenció, muy muy sabiamente, diciéndome que me veía como una persona muy emocional, parlanchina, viva, como para encerrarme así, me previno que era posible que me irrumpieran memorias traumáticas, me convenció que era mejor hacer ese viaje por Grecia, tal como mi propia fantasía de aventurero no paraba de sugerirme.
Me puse en pie y caminé. ¡Y cómo caminé! Casi me mato caminando, subiendo laderas, bajando valles, escalando el Olimpo nevado por sus vertientes más propensas a avalanchas en esa época del año. Hice un viaje - no para reencontrarme, pero sí para encontrar "algo". Y encontré dos cosas: a la Diosa (que lo entienda cada cual a su manera), y a mi mismo. Me reencontré. Fue mágico, apoteósico a veces, profundamente religioso. Pero fue un reencuentro a un nivel que llegaba como mucho hasta la adolescencia. El fondo del pozo se mantenía lejano y oscuro.
Últimamente, hará una semana, he comenzado a recordar, más y más, al niño que quiso ser hombre. Entre la gente cuyos escritos seguí en el internet, víctimas de abusos - todos más atroces que el mío (pienso yo, aunque tanto Némesis como mi psiquiatra me recriminan :D) -, leía a menudo sobre un tal niño interior, que no conseguía yo reconocer en mí. Pero ahora ya le reconozco bien. Soy yo. El que a pesar de todo no ha muerto. Será seguramente también una parte de mi cerebro que si aun bien ha sido quemada con una plancha puesta a máxima potencia, sigue queriendo y consiguiendo regenerar. Y será mi cuerpo, los hábitos, cuasi-mecánicos, de la vida, el miedo, el anhelo, la soledad, que son historia escrita, tatuada, sobre piel. Seré yo.
En el 2009, un año antes de mi renacimiento, mi tío me contó en uno de esos deprimentes reencuentros de la familia en un restaurante de Madrid, que yo de muy pequeño decía que "De mayor quiero ser vaquero, astronauta, y aventurero". Le hacía mucha gracia eso - vi que seguía sintiendo cariño y afecto hacia ese niño que pasó, que ... ¿murió? Le debía de corroer la duda - no, seguro que le comía la duda - si murió ese niño o si en algún lugar lejano aún vivía, recordaba... Cuando me lo comentó me vi otra vez, fugazmente, lejano, quien fui. Mi esencia. Un niño que quería crecer, que quería llegar a ser alguien, un hombre. Pero aún hacía falta pasar un año para que el niño despertase, en el 2010, tras tan largo letargo, y recordara lo que siempre había recordado, pero esta vez con el contacto, la chispa, la espoleta accionada, imprescindible para que el recuerdo fuese vida, fuese sentido, y ... violencia.
Es ese niño que quiso ser hombre a quien os quiero presentar. Es la primera vez que se introduce sin velos. Mañana sigo. (O pasado, o al otro ... pero sigo.)
Cada día amo más a ese niño. Me encantará conocerle a través de este blog.
ResponderEliminarUn beso desde el Averno.
ME ha encantado leerte el día de hoy
ResponderEliminarLa canción me salió así sin más un día cuando tenía 23 años o así. Me acordé de la canción hará unos seis años y la grabé entonces (el 2005 o así).
ResponderEliminarEsta es la letra traducida:
Estaba mirando muy a lo lejos cuando vi mil visiones de locura
Intenté encontrar a alguien que me ayudase y casi morí de pena
Gente, tenemos que encontrar un camino que nos saque de esta locura,
Tenemos que alcanzar la tierra y las raíces de nuestra tristeza
¿Cuándo se levantará la gente de esta oscuridad?
Tienes que vivir para aprender a apreciar la belleza.
¿Cuándo se abrirán las puertas?
¿Cuándo veremos todos la luz del día?
Nadie podrá jamás saberlo
Observando a las sombras crecer en la oscuridad.
Estaba mirando a mi alrededor cuando vi mil torres de Babel
Me giré e intenté encontrar a alguien más en la oscuridad
Me estaba sintiendo muerto por dentro cuando exploté en una locura amorosa
Busqué a alguien que pudiese ver pero solo encontré la ceguera
¿Cuándo caerán las mil torres?
¿Cuándo se levantará la gente de la oscuridad?
Gente tenemos que empezar a limpiar esta locura
Tienes que vivir para aprender a apreciar la belleza.
¿Cuándo se abrirán las puertas?
¿Cuándo veremos todos la luz del día?
Nadie podrá jamás saberlo
Observando a las sombras crecer en la oscuridad.